Durante mucho tiempo pensé y sentí que mi grupo de Rock vertería bautismalmente su alquímico licor sobre el público, con el mismo halo sobrenatural con el que se abre un antigüo y polvoriento libro lleno de secretos, extendiendo su penumbra de sensaciones como una bocanada de humo a ritmo de acordes remotos y bellos arpegios desheredados hace ya tiempo del Rock.
Tenía en mis manos la misma ilusión con la que impregnaron aquellos jóvenes sus primeros vinilos en la era mastodóntica del rock, algunos con LSD en los albores del hippismo y la guerra de Vietnam y otros bajo la dureza de un barrio obrero de Birmingham (El rock de aquí nunca nos llamó la atención). Yo era el manager. Algo así como el personaje desprovisto de alma y sentimientos que, encargado de abrir paso a la banda en la gran desilusión del arte industrial, se convertía en un ineludible y frio cabrón cuando las cosas no marchaban como debieran. Nunca serví para ello. Continuar leyendo ‘La Industria Musical o El Ocaso de los Ídolos’




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