
Hoy he ido a la playa a ver el atardecer.
Las puestas de sol en las playas de Sanlucar de Barrameda son especialmente bonitas si la hora bruja sonríe con malicia. Voy allí, silencioso, con mi discreto walkman puesto, como si fuera el único asistente cosciente al funeral de colores que deja el astro a la par que agoniza en el oceano y la cúpula celeste muta en un lienzo sepulcral de tonos violetas, púrpuras y cirros teñidos de rojo. Camino sobre la arena humeda, en la tenue claridad, ahora desterrada a deportistas y marujas en chandal habitantes de otra dimensión; y me alejo hasta una barca encallada en la soledad, desde la que poder disfrutar de ese regalo místico con un cigarrillo mágico. Enciendo la hierba con un viento imposible y pienso en que, a pesar de estar todo el día solo, este instante es uno de los pocos respiros que nos damos a nosotros mismos para sobrellevar ese exceso de circunstancias que asumimos con mejor o peor suerte. La hora bruja. La hora en la que se abren las puertas entre dimensiones y los seres de otro mundo acechan a los rezagados.
En algún momento de introspección, un murmullo me rescató desde la inopia a la playa.
Era Natalia. Continuar leyendo ‘La Hora Bruja’
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