



Ayer la soledad me llevó hasta un festival de Blues.
El Blues nace con el canto de los esclavos afroamericanos, creciendo entre campos de algodón, en el delta del Misissipi y New Orleans. Tristeza la de los negros que, en forma de plegaria, bebió también de baladas escocesas e irlandesas, alrededor del fuego nocturno y los primitivos sonidos procedentes del pantano y sus fantasmas. El blues está impregnado de sentimientos, de oraciones, de desamor y lamentos que, entre blends y slides de guitarra con sonido a lata, tensan las seis cuerdas que anudan el corazón hasta hacerlo sangrar.
Anoche, Eugene Hideaway Bridges hacia llorar su Gibson mientras yo capturaba su alma y vomitaba la mia en esta pequeña serie de fotos: era noche de Blues.

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