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Estaban todos decididos a hacerlo. En aquella claroscura escena de Caravaggio, silenciosos alrededor de la mesa de reuniones de la junta directiva, maquinaban contra el aparato. Tras una mirada inquietante al viejo y polvoriento tocadiscos desde la penumbra, el Presidente dió la orden: la azafata desenfundó un viejo vinilo de Heavy Metal de los 80, lo contempló sujetándolo con ambas manos y temblorosa busco con su mirada el consentimiento de su superior:
- La Cara B.
Colocó el disco en el girador y retrocedió con un sobresalto, “Nunca debí hacer el curso CCC de Secretariado” pensó. Conectaron el aparato y abandonaron el brazo del tocadiscos a su suerte: deámbulando solitario en aquel oscuro surco crepitante acechado por melodías eléctricas. Lo pusieron al revés y la acústica de aquella sala de juntas acogió trágicamente el mensaje y la voz del maligno. Continuar leyendo ‘Simpatía por el Diablo’



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