La Industria Musical o El Ocaso de los Ídolos


Durante mucho tiempo pensé y sentí que mi grupo de Rock vertería bautismalmente su alquímico licor sobre el público, con el mismo halo sobrenatural con el que se abre un antigüo y polvoriento libro lleno de secretos, extendiendo su penumbra de sensaciones como una bocanada de humo a ritmo de acordes remotos y bellos arpegios desheredados hace ya tiempo del Rock.

Tenía en mis manos la misma ilusión con la que impregnaron aquellos jóvenes sus primeros vinilos en la era mastodóntica del rock, algunos con LSD en los albores del hippismo y la guerra de Vietnam y otros bajo la dureza de un barrio obrero de Birmingham (El rock de aquí nunca nos llamó la atención). Yo era el manager. Algo así como el personaje desprovisto de alma y sentimientos que, encargado de abrir paso a la banda en la gran desilusión del arte industrial, se convertía en un ineludible y frio cabrón cuando las cosas no marchaban como debieran. Nunca serví para ello.

Lo mio era capturar aquellas sensaciones y codificarlas en imágenes, en sueños. Conseguir que la portada de nuestro primer disco conservara su aroma a tierra mojada y su romántico aspecto literario bajo aquel encelofado que lo separaba de un código de barras, de una sucia transacción en la que el dinero, en ese momento, importaba poco. Fotografias, promos, pegatas, posters, camisetas… arte e imaginería para transmitir un sentimiento, casi religioso, de una música que acabaría compartiendo catálogo con El Canto del Loco y otras pedofilias musicales semejantes. Muchos de vosotros, los que ameis la música o hallais editado un disco con la pasión del que será crucificado en el Gólgota comercial, sabreis a lo que me refiero. No hablo tampoco de inocentes ilusiones, tampoco de mamadas guarras con salivazos de la musa Euterpe, eramos coscientes de que la industria musical era algo semejante a un Club de alterne en una carretera secundaria del País de las Maravillas de Carroll. Hablo de hacer una obra artesanal, improvisando una cabina de grabación con colchones y mantas en el rincón de una barraca de feria. Rodeados de cables, amplificadores, cedes y copias de seguridad de cientos de sesiones que hacían las veces de posavasos… y conseguir un sonido y una producción bestial, superando incluso al material de élite nacional.

… Les descubrí en mi programa de radio. Su primera demo me parecio una solemne mierda. Con el tiempo nos convertimos en verdaderas y endogámicas leyendas del Rock forjadas en historias surrealistas de carretera que nunca pasarán a formar parte de ninguna enciclopedia musical. Siempre al filo del abismo. Al igual que cientos de bandas anónimas que guardan anécdotas que querrían para sí mismos hasta los putos Rolling Stone. Prometo contarlas, no quedareis defraudados.

Es lo que tiene el Rock, se puede disfrutar desde las alturas o desde el inframundo, siempre mágico, de la gira del bocata.

El primer disco es similar a una violación anal. El aura trascendental del arte, de tu disco, será arrancada con la misma impunidad con la que quitan el plastiquillo de tu cedé. Porque el puto plastiquito es la metáfora de la virginidad: a todos nos gustaría mantenerlo para conservar su lascivo atractivo. Hasta que lo arrancamos e irrumpimos en la intimidad de su libreto, abriendo sus páginas, metiéndole nuestros pringosos dedos para, después del acto, abandonarlos en la mediocridad de nuestra estantería, al lado de las demás cedés que un día creyeron ser los únicos, como si se tratase de un escaparate de Amsterdam.

A partir de ese momento aprendí que tragar mierda formaba parte imprescindible de toda esta historia. Por este motivo, a la gran mayoría de personajes de este circo les apesta el aliento a todo tipo de defecaciones. La industria musical de este país, ( especialmente la del Rock en su anquilosado y decrépito circuito hermético y elitista, y en breve la del Hiphop) ha crecido alimentándose de las ilusiones y la siempre subestimada energía creadora de cientos de artistas que vendían sus almas en contratos parasitarios, bajo la atenta mirada de canibales de despacho, depredadores y carroñeros preparados para la carnaza: sellos, distribuidoras, sociedades de indigestión, prensa especializada…

Era cuestión de justicia poética: Internet ha supuesto el cataclismo de esta era dinosaúrica. Se ha roto la cadena alimenticia, la extinción ya ha comenzado. Se devorarán entre ellos. Es imparable.

Abandoné la banda después de muchos años invirtiendo mi dinero, sacrificando mi ilusión, desperdiciando mi talento… Ellos aún continúan en esa era mental cretácica, esperando ser arrastrados hacia la evolución en una especie de chispazo darwinista fortuito… esperando ser devorados por el peor de los depredadores: el tiempo. Es lo que tiene esto del Rock, le resulta difícil desvincularse de su sugerente y prehistórica denominación.

Ahora este arte no dependerán más que de la actitud y el talento de la identidad musical: En una web; En un sitio de myspace; En el número de descargas de tu material via p2p; En el poder hipnótico y atávico de un ritmo capaz de hacer sacudir cabezas desde lo alto de un escenario; Y, finalmente, en el atractivo que tenga tu mierda para que los chavales la lleven en sus camisetas, en sus reproductores de mp3…

Ya no tendremos que compartir escaparate ni catálogo con primeros planos de caretos metrosexuales de encefalograma plano, ni chupadoras de pollas que ganaron su disco al ritmo de la nocheeeeeeee…. Nosotros, la gente del Rock, el Metal, el rap y el hiphop, los terroristas intelectuales…, no necesitamos adolescentes impulsados por su furor uterino, sólo mentes que continuen esta revolución creativa en el ocaso de los ídolos. Al ritmo de los tamtanes.

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1 Response to “La Industria Musical o El Ocaso de los Ídolos”


  1. 1 Tatiana 5 septiembre 2007 en 20:18

    … Lamentable el estado de la industria musical por estos días. Más aún para los que la vemos tan de cerca recordando pasados bastante más gloriosos… Por ahora, sólo sobreviven los productos.


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