Johnny el Motorista Vitrocerámico y Los Ángeles del Infierno (I Parte)


La banda de Rock con la que he compartido grandes momentos…

Una vez actuamos para una macarrónica banda de Ángeles del Infierno bajo el puente de una autovía. Fue en el verano de 1999, creo recordar. El encargado de llevarnos hasta aquel antro parecía uno de los malos de Mad Max y tenía los brazos tatuados a lo Tommy Lee, esvásticas y Micky Mouse incluido. Acompañado, inseparablemente, de su pequeña y angelical hija rubia, sacada de la portada del House of the Holy de Zeppellin, en su destartalada furgoneta, la banda echó a suertes el compartir viaje con él y los instrumentos. Me tocó a mi y al bajista, por supuesto. Y así comienza este primer capítulo de historias de carretera, con 200 Km junto a un sicario del Double Dragon.

Aquel personaje calvo y postapocalíptico no sólo inspiraba una extraña admiración sino también miedo y respeto, el sentirte como en una roadmovie incluía la posibilidad de una muerte de película, sobre todo escuchando la historia que nos relataría más adelante.

Hablaba como si hubiera salido de un coma y antes de arrancar la furgoneta se metió un par de rallas de cocaina mientras a su hija, sentada junto a él, le chorreaba el helado de vainilla por la barbilla. Nos encontrabamos a dos horas de nadie sabe dónde y bajo un sol que ofrecía la posibilidad de freir huevos en el capot de aquella furgoneta sin aire acondicionado. Entrañable.

Arrancó rumbo a lo desconocido mientras el bajista y yo nos mirabamos como cerdos que van al matadero. Aquel escenario era digno de un final más excitante y original que una actuación ante un grupo de motoristas con pintas de vikingos: tortura, asesinato en serie, tráfico de órganos, repentinos espasmos mortales de enfermedades mentales… quizás serviriamos de alimento durante unas semanas a su hija canibal y nuestra sangre chorrearía por su barbilla como aquel helado, hasta desembocar en su ingenuo trajecito blanco.

Llegar a la autopista supuso un pequeño respiro, aunque no por mucho tiempo. En la soledad de aquellos cuatro carriles no había peligro alguno… ni siquiera aquel automovil de corte clásico con una pareja de recien casados en su interior podría suponer una amenaza. No hasta que Paco, el bajista, y yo nos miramos aterrorizados al sentir como nuestro entrañable amigo pisaba el acelerador con la rapidez con la que un tiburón blanco detecta a una inválida foca en un documental de la 2. Johnny, así le bautizamos, pisó a fondo hasta ponerse a la altura de aquel coche y, una vez allí y ante la perpleja mirada de aquella feliz pareja y su chofer, estirar su brazo por encima de nuestras rodillas hasta el mecanismo que le permitiría bajar la ventanilla.

Gilipollassssss!!! Jajajajajaja!!! – Grito intentando hacerles creer con un volantazo que les sacaría del carril.

Bah! ¿Que les hacemos a los gilipollas cariño? – Le preguntó a su hija.

Y en aquel momento de terror en el que quedamos petrificados, aquella pequeña Shirley Temple, que permanecería en silencio durante todo el viaje, giró su cabeza mirándonos inocéntemente con sus chispeantes ojos infantiles. Esbozó una dulce sonrisa con la que detuvo el tiempo, inspirándonos paz y tranquilidad para, a continuación y como si de un truco de magía se tratase, sacudir su puñito extendiendo el dedito corazón. Con dos cojones.

La relación con su hija estaba sujeta a una extraña némesis moral que oscilaba entre los polos más extremos y crudos de la naturaleza humana, a veces con ternura otras desprovistas de cualquier tipo de compasión, despiadadamente.

Conforme avanzaba el viaje el amigo Johnny se iba tranquilizando, y con la calma abrió su corazón.

Y nos contó que aspiraba aquellas ingentes cantidades de cocaina para calmar los terribles dolores de cabeza que le producían el sol y el calor al calentar la gran placa de acero que, enclavada en su craneo como una vitrocerámica, sustituía el parietal derecho o, lo que es lo mismo, media calavera. Por eso Johnny tenía un día de perros dentro de esta furgoneta sin pirólisis y ladraba por ambas ventanillas a quién fuera.

Mirad! – Decía en voz alta mientras golpeaba su cabeza con los nudillos – … Y si me golpéo con algo más duro no me dolerá!

Su historia era semejante a la de los grandes superheroes del cómic, ni siquiera Johnny Blaze le llegaba a la suela de sus botas: Johnny era un motorista bueno, con larga melena al viento, o al menos eso imaginamos, que viajaba por USA junto a su rubia chica en una moto de pinículas. Los rayos de luz que atravesaban aquella masa caducifólica del bosque acariciaba su cara, era feliz como un jabato. El destino quiso que un enorme árbol se cruzase en su camino y, atravesado en la carretera, actuase como una basta guillotina que él pudo esquivar agachando su cabeza… pero no su chica. Y Johnny despertó en la cama del hospital tras dos meses en coma, descubriendo una gran cicatriz en su pierna derecha que ahora se articulaba mediante tornillos, con intensas cefaleas… y juró venganza eterna contra quién sabe qué a cambio del superpoder de aspirar cantidades industriales de cocaina y hacer pinchitos de pollo sobre su parietal metálico.

Ahora, su espíritu vagaba atrapado en aquel amasijo de tornillos, huesos y tatuajes por Europa; junto a su pequeña walkiria canibal, pasando inciertas temporadas en compañía de pandillas de moteros a los que impresionar, alternando rallas de coca con lineas discontinuas de carretera, a la misma velocidad, con el mismo descontrol.

Con el paso del tiempo, de los años, su figura se degrada en mi imaginación esperando hallarla con incredulidad y orgullo, como si hubiera formado parte y sobrevivido en la odisea vital de este personaje, esposado en la página de sucesos de algún periódico. También me pregunto qué será de su pequeño ángel rubio. De si habrá sustituido aquel helado de vainilla por otra cosa que chupar para poder subsistir en su errática vida, que al fin y al cabo, es el único legado conocido que pudo dejarle aquel triste fantasma tatuado hasta el sobaco.

Continuación…

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4 Responses to “Johnny el Motorista Vitrocerámico y Los Ángeles del Infierno (I Parte)”


  1. 1 mariana 23 junio 2008 en 16:39

    m gustaria saber com es q empezo angeles del infierno conecer al menos pr fotografia a sus integrantes y sus nombres por q la neta he escullado una que otra rolita y la verdad m late y mucho, saber de ustedes y saben m late mucho su rolita “maldito sea tu nombre mi canciòn preferida

    Espero y m escriban

    atentamente
    Mariana Gonzàlez Mendoza

  2. 2 TommyX 16 septiembre 2008 en 12:29

    Joder tan buen escrito, para empezar los comentarios con una HOYGAN !!

  3. 3 lazycat 20 febrero 2010 en 23:23

    los mejores


  1. 1 Johnny el Motorista Vitrocerámico y Los Ángeles del Infierno (II Parte) « El Anacoreta Urbano Trackback en 15 septiembre 2008 en 19:46

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