La Hora Bruja II


Se os acaba el verano. La brisa ha ido enfureciendo: Ahora despide a los domingueros que abusan y acaparan con  sus impertinencias los últimos días de la semana. En el calendario, Agosto era un enorme domingo. Y como todos sabemos, los domingos, están puestos para joder a la humanidad.  Aunque hace tiempo que no distingo entre horas, días o meses ( pues vivo perdido en algún lugar atemporal de mi cosciencia) la desidia de Agosto se contagia hasta principios de Septiembre. Y, triste, pienso que alguna familia agazapada aún en esas trincheras de sombrillas y neveras llenas de filetes empanados se llevará de la playa la puesta de sol, para colocarla como un souvenir sobre el televisor. Y que se llene de polvo.

Por eso, y porque creo firmemente en trasgos, ninfas y cobradores del frac, acudo a la playa al atardecer buscando respuestas mágicas a preguntas insolentes. Se cierra una puerta, se abre otra, y en ese instante imantado se cuela un gato de otro mundo que ronronea entre nuestras piernas esperando una caricia. ¿Y nosotros, los mortales?: Asistimos a ese oráculo de color purpura apurando un bocata de filete empanado.

Me alejo a lo largo de la costa. Hay tardes en que todo es un fiasco y el sol, en vez de dejarnos un tiro de LSD en nuestras retinas, se deshace en el oceano sin sutileza alguna. Llegará al fondo marino, imagino, como la plasta marrón de una galleta mojada mordisqueada en su camino por un pececito divagante.

En algún deja-vu me sorprendí acompañado: Tras de mi, sobre la panza de la barca amiga sobre la que disfruto sentado del viento, se encontraba un personaje de lo más extraño: Me observaba con una enorme sonrisa mellada y contagiosa, desenterrada de una poblada barba pirata como un tesoro a compartir. No aparentaba estar lo suficientemente loco para ser el mendigo que dice ser alienigena y duerme cerca de tu portal con un cartón de vino parlante como mascota. Este era especial, un loco espacial. Le ofrecí unas caladas de mi cigarro que disfrutó con lagrimones exaltados entre carcajadas y cumplidos. Escuchó con detenimiento e interés mis chaladuras de naúfrago para terminar haciéndome un sitio en su pequeña isla, en vez de continuar la conversación navegando sobre mi barca panza arriba.

Me contó que era escritor y que se había involucrado de tal manera en el desarrollo de su primera novela, inspirada por un Panteón de diosas en celo, que decidió abandonar su vida para dedicarse en cuerpo y alma a su obra ( No era extraño, los hay que construyen catedrales… y dos tetas, o todas las de aquel Panteón, tiraban más que dos carretas). Pero un día maldito, sus manuscritos, sus palabras engarzadas como lazadas de tinta en aquella pradera blanca llegaron hasta un imaginario acantilado, del mismo color, ante el que se abre vertiginoso el abismo. Y allí, sobre la superficie de un punto y seguido de un boli Bic, se había quedado suspendido mirando al horizonte blanco, esperando un amanecer… Y nosotros estabamos en una puesta de sol. Me enseñó una enorme cicatriz sobre su pecho: un pez espada cabreado le había ensartado en su florete a 30 metros de la superficie del oceano pacífico: se había despertado allí. El bloqueo del escritor le había encallado ante aquella bahía con una libreta en blanco que comenzaba con un punto de boli bic y acababa cuando se ponía el sol.

Antes de despedirme de él, para dejarle escudriñando con su cejo fruncido la noche estrellada, me regaló un título para mi primera novela pues dice que lo primero que debemos conocer de un libro, antes de escribirlo, es su nombre: para no faltarle el respeto. Mientras me alejo más pienso en el nombre de mi primera novela. ¿ Y el de la suya? No lo sé. Quizás no tenga el título y sea eso, precisamente, lo que dejó para el final.

Bienvenido a la Playa del Escritor” Dice un cartel a un salto de la arena al asfalto.

Perdone señora… ¿Porqué se llama esto la playa del escritor?

Y me respondió que uno de los historiadores de Carlos V que se dedicaba al mantenimiento de los archivos del Ducado de Medina Sidonia se había vuelto loco y por amor se había batido en duelo de espadas en aquella orilla del siglo XVI de Sanlucar de Barrameda. Por supuesto fue trinchado como una salchicha: la pluma no siempre es más fuerte que la espada por muy afilada que esté. Pero bueno, lo mismo, también se había despertado allí.

Cuando salí de aquel shock paradójico sacudiendo la cabeza como un boxer cargado de babas, le dí agradecido un quesito marrón del Trivial Pursuit edición Sanlucar a la amable señora. Yo saqué un dado, lo tiré, salió un 6 y regresé a casa. Evaluando un verano de excesos y autodestrucción: Repleto de viajes interiores: De encuentros mágicos y crepusculares con uno mismo… Mi amiga Anna me ha dicho que soy un bohemio. No sé si eso es bueno o malo. Supongo que no debe ser tan malo cuando está deseando follar conmigo.

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1 Response to “La Hora Bruja II”


  1. 1 Anna 10 septiembre 2008 en 23:10

    Te he visto paseando por la playa buscando en la arena los restos de algun naufrágio, con tu andar eclipsado, tus ojos insondables rebuscando entre los castillos de arena. Eres un bohemio. Yo solo un pececito divagante esperando poder salir volando a tus labios.

    Estoy deseando…


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