La Concejala 44


Trabajé un tiempo en una televisión local, en Fuengirola. Tenía un espacio de música: quemaba y desintegraba cedés con un martillo, o revistas musicales llenas de pajas mentales para que alguien se dignase a verlo. También ponía videoclips.

Una tarde de grabación apareció en el estudio La Concejala 44 ( chan, chan chaaaaan!). Una señora, o señorita ya madura, delgada, enjuta y de rostro artístico: por la cantidad, calidad y dedicación a la pintura que había en su picassiano y escrúfulo rostro. Era un cuadro: avanzaba artificialmente por la calle a zancadas: entaconada de aguja en un gran y aparatoso abrigo de piel de pelo de guachaflán en extinción que solo dejaba al descubierto su melena rubia, sus collares de perlas y unas piernas patas gallinaceas de medias oscuras. Cabía la posibilidad, dado su inmutable estilo de feligresa de primera fila de misa, de que durmiera así, tomara el sol en la playa así y por supuesto follase tal cual si es que el sueldo de concejala, aparte de permitirle vestir como en una inacabable fiesta de fin de año, se lo facilitara. No lo critico, yo voy en bata y pantuflas frikis a todas partes: hay que ser fiel a uno mismo. No tengo puñetera idea de cual concejalía llevaría en cartera; con toda seguridad: un desproposito burocrático de su talla. Concejalía del Más Allá. O algo así con reminiscencias a la ouija y la peletería.

Habiamos acabado el programa y ella se paseaba con su abrigo de piel de yeti entra cables, atrezzo y cámaras con un pequeño séquito de pelotitas saltarinas de colores adláteres: un par de redactores sonrientes, el productor, el director… a sus pies señora marquesa. Seguramente estaba de invitadisima en cualquier tertulia de esas en las que solo les falta darles un masaje thailandes, sobre un decorado de croma de esos en los que sale la fuente del pueblo de fondo.

En un descuido aparecierón ante mi para coprotagonizar una presentación paripé. Son ese tipo de trámites de cortesía en las que uno sonríe y suelta alguna gilipollez de turno mientras piensa en cómo sabotear la máquina expendedora de bollitos, chicles y chocolatinas de la entrada (al menos en eso ocupaba el tiempo muerto cuando trabaja en radio, antes de que me despidieran). Aún así, uno siempre deja un margen cosciente de maniobra para no cagarla, aunque termine haciéndolo irremediablemente. En ocasiones el piloto automático deja ocurrencias como esta tras las aproximaciones de rigor:

Tras darle la mano y esas historias…

– ¡Qué elegante viene ustezzzzz!

¿Sí?…

Y no sé cómo, la pandilla de cabrones que la acompañaban desaparecieron. Me la encasquetaron. Hijos de puta. Alea jacta est.

¿Crees que soy elegante?

– Ehmmm… sí, por supuesto.

Y… ¿Qué edad me echas?

OSTIAS…. ¿¡Qué edad!?… ¿!Que qué edad te echo!?… La edad de piedra, la edad de bronce y el Siglo de Oro juntos. En ese instante todo se detuvo a mi alrededor, todo excepto la voz del narrador omnisciente:

“Veamos, si una mujer me pregunta por la edad que tiene, quiere, parece o debería parecer no puedo cagarla con un halago evidente o pretencioso. Debería hacer una estimación aproximada en modo optimismo on y restarle 5: que son 3 que se restará ella para tener la edad que desearía o debería parecerme y 2 de seguridad que le meto yo. Para poder artícular, a continuación, una cara de sorpresa convincente y se regocije así en su vanidad… ¿Objecciones? Sí: una persona con dos centimetros de chapapote facial, sobre el que descansan ácaros mutados en crustaceos, y un abrigo de piel de esquimal seguro que se resta 5, por lo que 5+2=7… Vale. Esta momia, siendo optimistas, debe tener 62… 62-7= 55. ¿55? Demasiado exacto, 54 esta mejor.

Ahora, un tono de voz interesante sin llegar a ponerla cachonda y…”

– Hummmm… 53. – ¡Con dos cojones!

Se hizo el silencio.

– Ten… tengo 44…

44. Sobredosis de adrenalina por favor. ¿44?… Y de repente un estruendo anticipó dos botes de gas lacrimógeno, por eso ella loraba, que rebotando en el lugar nos sumergió en una aparatosa nube de humo creciente. Un equipo de geos y Guardias civiles cabrones irrumpió en el estudio, metralleta de asalto en mano. Podría haber gritado “¡El oso está aquí!”. Habría colado. Pero ya era demasiado tarde: ella había desaparecido en brazos de un apuesto funcionario del cuerpo de bomberos que no estaba comprando cerveza en Mercadona mientras yo era reducido en el suelo como un pelele, con una bota sobre mi cabeza, como un antisistema de esos que se tiran desnudos en masa al suelo delante de un dunkin por los derechos de las crías de orangután que, en talleres clandestinos de condiciones infrasimias, hacen los agujeros de los donuts.

44. Mi abuela lo jugaría a la loteria si hubiera protagonizado este episodio.

Bueno, os contaré lo que sucedió realmente: La naturaleza, a la que nos debemos en última instancia sin perder la dignidad, desactivó en mi todo mecanismo racional, inutil y disfuncional en esos momentos, y restableció las más básicas, primarias e instintivas de mi bulbo raquideo en una química regresión al saurio, o lagartija, a la supervivencia: Uno es capaz de merendarse a dentelladas el brazo del que tiene al lado como un cocodrilo de doscientos kilos si su avión se estrella en una cumbre nevada de Los Andes y se acaba la pasta de dientes congelada con sabor a fresa. O, por el contrario, salir echando ostias como un antílope africano perseguido por una tribu de pigmeos hambrientos montados sobre hienas ( y recien rescatados de un siniestro aéreo en una montaña nevada de Los Andes); Que además es lo que procedía.

Al mes siguiente fui despedido: montado en una catapulta y despedido. Es lo que tiene el sistema feudalista de las televisiones locales.

Pero así es, amig@s, como nivelé el desdichado karma de una concejala del PP a la que le toque el pepe y que, desde aquel trágico instante, quedó con la misma cara de zarigüella decapitada del animalito peludo que dejó de enfundarse un fatídico día ¿44?. La última vez que la vi por la calle creí confundirla con alguien normal: ya no parecía una invocación diabólica, había dejado de ser una cacatúa hiperbólica, bajo el influjo de una terrible y oscura maldición. Seguramente con la ayuda de un cualificado equipo de asesores de imagen, maquilladores y técnicos en efectos especiales. Así es el karma: despiden a uno y entran a trabajar ¿44?

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1 Response to “La Concejala 44”


  1. 1 jiojio 2 febrero 2009 en 4:20

    Ostia yo se kien es…se llama XXXXXXX y es la concejala de XXXXXX y es la madre de XXXXXX ..su telefono movil es XXXXXXX44

    Seguro que todos los fuengiroleños saben kien digo.

    PD: como censures esto te juro que te XXXX XXXXX XXXXX. OK?


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