Rashîd


Rashîd toca el piano y el violín. Recorre cada noche la rambla en su bici, bajo la atenta mirada de su abuela; Que le vigila omnisciente como un ojo de Mordor desde una de las mil terrazas que dominan al paseo marítimo de neón. Vive cerca de la mezquita. Tecnología y religión son sus asignaturas favoritas y os aseguro que patearía vuestro culo si atrevierais ponerle a prueba. Solo tiene 12 años. Al anochecer merodea sobre sus dos ruedas alrededor mía, tras adelantarme ritualmente haciendo alguna pirula hasta reducir el pedaleo a la velocidad de mi carrera. Ya os he dicho su nombre: Rashîd; pero yo le he puesto “Viernes”. Me acompaña en mi particular chute de endorfinas, meditadas hasta entonces con un walkman.

Es musulmán y la temprana disciplina del Corán le hace muy diferente de una gran mayoría de niños occidentales dejados de la mano de dios. El adoctrinamiento coránico aún no ha borrado la sonrisa infantil, inquieta e insaciable con la que ilumina el paseo marítimo al paso de su bicicleta y con la que corona cada una de sus preguntas.

No concibe el escepticismo filosófico ni el ateismo. El agnósticismo no termina de convencerle del todo a pesar de haberle tentado con la surrealista paradoja de un dios cabronazo que lo mismo te prende fuego por usar un condón en Ángola que por pedir media ración de ibérico gran reserva y una jarra de cerveza bien fría después de un paseo por el sahara marroquí, en el bar más cercano.

En alguna ocasión pienso que es un ser del cosmos enviado por Alá o cualquiera de esos cabrones omnímodos para hacerme meditar y sacarme del agujero en el que he ido a parar junto a una funcionaria obesa del Inem a la que le pesa hasta el alma. Le he contado que fui bautizado y que, desde entonces, no me he mojado más a pesar de haber llovido mucho. Para él la religión es una verdad que inspira el camino a un dios con cara de examinador de tráfico y reglas de monopoly. Para mi, un infiel, los dogmas de fe son un método de control antropológico. Y hasta que no se resuelvan, entre otros conflictos teológicos, la omnipresencia que comprende a dios incluso en el mismisimo infierno y la ubicuidad de Miguel Bosé ( Mmmmm… ¿Acaso no son él y Bimba Bosé la misma persona? ), no marcaré la casilla de la iglesia en mi declaración de Hacienda. Estoy condenado.

Hablamos de religión, de la verdad… y de chicas.

Desde hace un par de noches echo de menos su bicicleta, tanto como nuestra extraña amistad. Sé que algún día desaparecerá como apareció: pedalenado a toda prisa, sembrando cuestiones irresolutas a su paso y sonrisas que patearían el culo del propio Mahoma, ya os lo dije.

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