La Maldición del Caballero Oscuro


Llegó galopando en su caballo negro que, irguiéndose furioso sobre sus patas traseras, relinchó endemoniadamente ante el fulminante y escarpado abismo que le impedía continuar el camino. La roca acantilada se tragó su eco.

Decián que El Caballero Oscuro, de metálica y opaca armadura negra como el carbón y sobre la que tallaba toda clase de ángeles y demonios mitológicos, había hecho un pacto con el diablo. Le vieron caer bajo el rojo crepúsculo estepario, en la batalla: El odio y el acero habían atravesado su hermético e infranqueable exoesqueleto. Ahora cabalgaba, mercenario del infierno, completando los grabados de su armadura con bellas y letales quimeras.

Bajó del animal. Admiró el vacío y descubrió en la lejanía un neolítico puente de piedra custodiado por una blanca figura. Dirigió a toda prisa su encabritado corcel negro hasta allí y se detuvo ante el inmóvil guardían del paso: El Caballero de la Vía Láctea.

Decían que El Caballero de la Vía Láctea, de metálica y cromada armadura blanca como la leche, era el inmortal vigilante de la única entrada al mundo mágico, una realidad que aún siendo evidente, tan solo era tangible para los niños y para aquellos a los que la Muerte había sonreido recientemente.

El Caballero Negro desenvainó la gigantesca hoja de su espada, sin corazón alguno.

Sólo muerto podrá atravesar el puente, aunque para eso no hace falta enfrentarse a nadie, ni siquiera a un inmortal…” Pensó horrorizado el Caballero Blanco para encontrarse repentinamente sobre el suelo. Ya había recibido el primer impacto letal…

El acantilado carcajeaba con su garganta metálica, convirtiendo el eco forjado de ambas espadas en una descomunal guerra medieval que duró día y noche. Hasta que el ruido desapareció.

El Caballero Blanco, en el suelo y ya desprovisto de su escudo, había atravesado el pecho de su enemigo con el metal afilado y candescente.

La figura negra cayó arrodillada.

Y del silencio procedente de aquel golem brotaron sollozos que sorprendieron y apiadaron al Caballero Blanco: Se arrodilló junto a él. Quitó el pesado yelmo de su cabeza. En el interior de la oscura celda de hierro articulada halló a un niño. ¡Un niño! El pequeño le admiraba con dulzura, inocencia y, …ahora, tristeza. Su bella cara comenzó a reflejar el miedo, el dolor: Había comenzado el viaje. Dos lágrimas recorrieron sus mejillas.

El niño se convirtió en hombre.

La maldición del Caballero Oscuro había concluido. La voracidad de su armadura se vio saciada con un último grabado que, a día de hoy, nadie ha podido conocer ni admirar pues los restos de aquella opaca coraza, que albergaba el corazón de un niño, yacen ahora en la inconclusa y silenciosa profundidad del alma de una montaña.

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5 Responses to “La Maldición del Caballero Oscuro”


  1. 1 Rubi... 27 noviembre 2009 en 13:13

    …Que sepas…que cada vez me sorprendes más…y me gusta más leerte…Has creado una “Saciadora” de relatos “metalplanet”…Has creado a una “monstruaaaaaaa”….jijjiiijiji…

    Un besoteeeeeeeee…;-)

    PD: Puedo imaginar que la semana la pasaste de relax…:-P

  2. 3 Silvia 28 noviembre 2009 en 1:58

    Me ha gustado muchísimo.

  3. 5 Barbara 30 noviembre 2009 en 20:51

    Ahhh muy rico, gracias por el regalo de tus letras.


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