Queridos Lectores…
Siento despedirme así. No es una despedida definitiva, es un hastapronto definitivo teñido de incertidumbres, desenfocado y triste. No sé por cuánto tiempo, si es tiempo lo que se necesita para sonreir y amar de nuevo.
En toda esta aventura he buscado un encuentro con mi otro yo para compartir la mágica mentira de la literatura carcelaria, aquella que se escribe desde una celda imaginaria llena de ilusiones y amor creativo, jugando a ser libre con las sombras que sobre el suelo de esta carcel se reflejan, también enjauladas, al paso del sol y la luna. Pero ha llegado el eclipse. Ha llegado la elipsis a esta historia como ha llegado también a mi vida.
Ahora me gustaría gritar, rezar y sentir que todo tiene un eco en la eternidad, que todo tiene un sentido en el devenir aunque no fuese capaz de comprenderlo. El peso de la duda cósmica en el ser humano se reduce a un SÍ o a un NO, tan fácil como imposible: y yo ahora estoy en ese momento de necesidad de amparo, de fe que dejó de existir quemada al calor del amor: como un cachorro abandonado a la lluvia de un anuncio para gilipollas.
Escribir esta entrada, este grito, desmerece lo poco o mucho que puede haber significado este blog en vuestras sonrisas, en las reflexiones asesinadas a golpe de click, en los 5 minutos que uno se gasta, con lo cara que está la vida, en leer cualquiera de mis episodios. Todo esto me aleja del personaje para acercarme al escritor: a la persona: a la masa: a la intrascendencia, y, creedme, no pretendo trascender. Pido más que eso: ser como los demás.
Supongo que todo es una apuesta que se ganará o perderá con la muerte.
Os preguntareis qué le sucede a este que os escribe de prestado en el blog de El Anacoreta Urbano. Pues bien, la respuesta es: toda mi vida, me sucede toda mi vida.
Ha llegado el ocaso.
Me despido para regresar a las cenizas.
Quisera hacerlo, si me lo permitís, con un pequeño poema de Herman Hesse:
Hasta nosotros sube de los confines del mundo
El anhelo febril de la vida:
Con el lujo la miseria confundida,
Vaho sangre de mil fúnebres festines,
Espasmos de deleite, afanes, espantos,
Manos de criminales, de usureros, de santos,
La humanidad con sus ansias y temores,
A la vez que sus cálidos y pútridos olores,
Transpira santidades y pasiones groseras,
Se devora ella misma y devuelve después lo tragado,
Incuba nobles artes y bélicas quimeras,
Y adorna de ilusión la casa en llamas del pecado;
Se retuerce y consume y degrada
En los goces de feria en su mundo infantil,
A todos les resurge radiante y renovada,
Y al final se les trueca en polvo vilNosotros, en cambio, vivimos las frías
Mansiones del éter cuajado de mil claridades,
Sin horas, ni días,
Ni sexos, ni edades.
Y vuestros pecados y vuestras pasiones,
Y hasta vuestros crímenes nos son distracciones,
Igual que el desfile de tantas estrellas
Por el firmamento.
Infinito y único es para nosotros el menor momento.
Viendo silenciosos vuestras pobres vidas inquietas,
Mirando en silencio girar los planetas,
Gozamos del gélido invierno espacial.
Al dragón celeste nos une amistad perdurable;
Es nuestra existencia serena, inmutable,
Nuestra eterna risa, eterna y astral.
Hasta Pronto.








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